TECNOLOGÍA
Nativos digitales, sí. Pero, ¿están preparados?
Las pantallas forman parte del día a día de niños y adolescentes, y con ello surgen desafíos que como educadores y familias no podemos ignorar.
¿La usan mejor que nosotros?
Vivimos en una era donde la tecnología ya no es algo que va a llegar. Está aquí. Forma parte del día a día de niños y adolescentes desde edades cada vez más tempranas: pantallas en casa, en el colegio, en el ocio, en la comunicación y hasta en la forma de relacionarse con el mundo.

Tablets, móviles, videojuegos, redes sociales, inteligencia artificial… Todo convive con ellos de manera natural. Y por eso solemos escuchar una frase muy repetida: “Son nativos digitales, lo manejan mejor que nosotros.”

Pero la gran pregunta es otra: ¿Saber usar tecnología significa estar preparados para ella?
Saber usar ≠ saber comprender
Que un niño sepa desbloquear un móvil, descargar una app o pasar horas frente a una pantalla no implica que entienda cómo funciona la tecnología, qué impacto tiene o cómo usarla de forma consciente y responsable. Muchas veces confundimos rapidez con madurez digital. Y ahí aparece el verdadero reto.

Porque la tecnología no es neutra. Influye en:

  • La atención y la concentración
  • La forma de aprender
  • La creatividad
  • La autoestima
  • La manera de comunicarse
  • La seguridad y la privacidad
  • Ignorar esto no es una opción.
El papel de familias y educadores
Educar en lo digital no consiste solo en poner límites de tiempo o en decidir qué dispositivos pueden usar. Eso es necesario, sí, pero insuficiente. El verdadero acompañamiento empieza cuando explicamos el por qué de las normas, cuando hablamos de lo que ven, de lo que consumen, de cómo se sienten frente a una pantalla.

Familias y docentes tenemos la responsabilidad de transformar el uso pasivo en aprendizaje activo. De pasar del “no uses tanto el móvil” al “¿qué estás haciendo con él?”, del “eso no sirve para nada” al “¿qué puedes crear con esta herramienta?”.

Además, educar en tecnología es educar en pensamiento crítico. Es enseñar a cuestionar lo que aparece en una pantalla, a distinguir información de desinformación, a entender que no todo lo que se ve es real ni todo lo que brilla es verdad. Es hablar de privacidad, de respeto, de huella digital y de seguridad, incluso cuando esas conversaciones resultan incómodas.
Aprender idiomas no es acumular palabras ni aprobar exámenes. Es ganar libertad. Libertad para comprender, para comunicarse, para viajar sin miedo y para conectar con personas y culturas diferentes.

En un mundo diverso y en constante cambio, los idiomas se convierten en una de las herramientas más valiosas que podemos ofrecer a niños y jóvenes. No como una obligación, sino como una oportunidad: la oportunidad de abrir puertas, ampliar horizontes y sentirse parte de algo mucho más grande.

Porque cuando aprendemos un idioma, no solo aprendemos a hablar. Aprendemos a estar en el mundo.